La "religión" del conocimiento
Descubren investigadores de EU "semáforos" intracelulares de salud
Jaime Alejo Castillo
xiste un novedoso tipo de religión que suma adeptos cada día: la religión del conocimiento que nos conduce por los misterios de nuestro mundo interno y descifra los códigos de lo que nos rodea. Quienes asistimos a las postrimerías del siglo XX somos testigos de descubrimientos insospechados.
Uno de tales hallazgos fue difundido recientemente. Se trata de una proteína llamada G, cuya función consiste en transmitir mensajes de vida o muerte entre las células de nuestro cuerpo. Sus descubridores, los estadounidenses Alfred Gilman y Martin Rodbell, quienes por su invaluable investigación recibieron el Premio Nobel de Medicina, la comparan con un semáforo que, cuando se atrofia, da paso a las enfermedades.
El descubrimiento comprobó, una vez más, que los humanos estamos eficazmente diseñados para la comunicación. Esta se da dentro del organismo sin que tengamos conciencia de ella. Nuestras neuronas, por ejemplo, se comunican mediante diminutas señales eléctricas que determinan la operación de todo el cuerpo. El sistema comunicacional del cerebro facilita el conocimiento, el lenguaje, las emociones y la actividad de los instintos.
A propósito del cerebro humano, su desarrollo y funciones le recomiendo Los dragones del edén, escrito por el más popular de los científicos de este siglo, Carl Sagan. Se trata de una lectura indispensable para formarse una idea objetiva sobre quiénes somos. Esta obra relata en lenguaje comprensible una fascinante aventura, la de las transformaciones cerebrales humanas a través de la historia.
A modo de ilustración, en el capítulo tercero, Carl Sagan ofrece el resultado de investigaciones poco difundidas: nuestro cerebro se compone de tres partes interrelacionadas. Una primitiva, la primera en formarse, es el complejo reptiliano, que explica la inclinación natural de hombres y mujeres por establecer rituales individuales y sociales; explica también la agresión humana, que nos ayuda, entre otras cosas, a defendernos de los peligros.
En el cerebro tenemos el denominado sistema límbico, en el que residen las emociones. Las raíces del comportamiento altruista se ubican en esta parte al lado de las finísimas manifestaciones emotivas que matizan nuestra vida diaria.
Y finalmente viene la llamada masa encefálica -el neocórtex, como le conocen los científicos-, la sede de las facultades superiores del individuo: el habla, las ideas, la conciencia, el futuro.
Dicho de otra manera: en el origen de todo los humanos somos reptiles, después mamíferos y en la cúspide de la evolución cerebral alcanzamos lo que nos caracteriza como especie, que son la conciencia y saber que tenemos un pasado, un presente y un futuro.
El libro de Sagan demuestra la sabiduría y la información del ser humano antes de acudir a la escuela. Uno solo de nuestros elementos genéticos, el cromosoma, contiene la información equivalente a una biblioteca de cuatro mil volúmenes de 500 páginas cada uno. Y nosotros reunimos millones de cromosomas en el cuerpo, donde está grabado, letra por letra, el lenguaje de la vida que se transmite al unirse el óvulo femenino con el viril espermatozoide.
Largo es ya el camino recorrido por la ciencia y en vísperas del tercer milenio el conocimiento se ofrece a todos en bandeja de plata que son los medios de comunicación, el libro, la TV, el radio, el Internet. Cuestión de elegir para incorporarnos a la religión del conocimiento, que a fin de cuentas es el camino de la inteligencia suprema.