Cultura

Francisco González Bocanegra (1824-1861)
y el himno nacional mexicano

Claudio Lenk


El 12 de noviembre de 1853, bajo la presidencia de Antonio López de Santa Anna, el Ministerio de Fomento, a cargo de Joaquín Velázquez de León, publicó una convocatoria para la creación de un Himno Nacional, que firmada por el oficial mayor, Miguel Lerdo de Tejada, ofrecía un premio “a la mejor composición poética que pueda servir de letra a un canto verdaderamente patriótico”, y señalaba un perentorio plazo de veinte días para presentar el trabajo.

onzález Bocanegra no intentaba tomar la pluma para concursar, arguyendo que no era su estilo, que una cosa era escribir versos para la mujer amada y otra muy distinta tener la inspiración para escribir un himno a la patria. Pero Guadalupe González del Pino (Pilli), tenía una fe inmensa en la calidad poética de su novio. Como Francisco se negaba a presentarse al certamen, a pesar de la insistencia de Pilli y de sus amigos, ella, con un pretexto lo guió hasta una pieza aislada de su casa en la calle de Santa Clara (hoy Tacuba) número 6; lo encerró, y se negó a abrirle mientras no le pasara por debajo de la puerta la composición que iría al concurso.

Mucho trabajo le costó a González Bocanegra empezar a escribir su canto a la Patria. Tuvo que repasar mentalmente todas las vicisitudes que había vivido México, los logros, los fracasos, los ideales… y, despertada la inspiración, fluyeron los versos casi sin corrección, casi sin dudas… y después de cuatro horas de trabajo, esos versos, improvisados en cuanto a su forma, pero detenidamente pensados y sentidos en cuanto a su contenido, pasaron por debajo de la puerta cerrada de las manos del poeta a las de su musa, y de las de ella a la historia.

El fallo del jurado, compuesto por hombres tan eminentes como José Bernardo Couto, Manuel Carpio y José Joaquín Pesado, fue ratificado de inmediato por la nación entera, y el entusiasmo suscitado por los versos de Bocanegra fue tal, que, como el concurso para elección de música se alargara, el maestro Juan Bottessini, director de la Compañía de Opera Italiana que por entonces ocupaba el Teatro Santa Anna, puso música a los versos e hizo ejecutar su composición el 17 de mayo de 1854. La interpretación estuvo a cargo de Enriqueta Sontang, soprano, y Gaspar Possolini, tenor.

En agosto de 1854 el jurado musical dio su fallo: la música premiada se debía a la inspiración de Jaime Nunó, inspector de las bandas militares, español de nacimiento, y el estreno oficial del Himno se llevó a cabo el 16 de septiembre de ese mismo año, en el teatro de Santa Anna, bajo la batuta de Jaime Nunó cantando por la soprano Balbina Steffenone y el tenor Lorenzo Salvi. A ese estreno asistieron Francisco González Bocanegra y Guadalupe González del Pino (Pilli), ya como esposos, puesto que habían contraído matrimonio el 8 de junio de ese año de 1854.

González Bocanegra hizo amistad con José Zorrilla durante su visita a México en 1855, cuando hablaron de poesía y versificación, y le dio consejos, que Francisco puso en práctica al escribir su drama Vasco Nuñez de Balboa, que subió a escena en 14 de septiembre de 1856, en el Teatro de Iturbide. El nombre de González Bocanegra figuraba en primera fila del movimiento poético nacional. Su criterio sereno, fiel a sus principios, era escuchado con respeto en sus censuras teatrales y en su dirección del Diario Oficial.

Durante ese tiempo, González Bocanegra fue alejándose de la política, ya que el ambiente de discordia reinaba cada vez más en las altas esferas del gobierno de México. Nuevamente la sangre de los hijos de la patria se derramó en contienda de hermanos, y junto con el Himno que había creado, González Bocanegra conoció los sinsabores de la oscuridad y de la persecución. Presidentes iban y venían; un día México era conservador, y al día siguiente era liberal. El gobierno conservador fue totalmente desplazado a finales de 1860, y la situación empeoró gravemente. Los conservadores, por el solo hecho de serlo, fueron perseguidos con saña por los vencedores. Jaime Nunó había salido del país desde 1856, rumbo a Estados Unidos, y Vicente Segura Argüelles, primer editor del himno, cayó asesinado en la calle.

Como se temía también por la vida de Francisco, su tío, José María Bocanegra, aunque también en peligro por su filiación conservadora, lo escondió en el sótano de su casa, en lo que hoy es la esquina de Isabel la Católica y Tacuba, a sólo media calle de la casa en la que diera vida a los versos del himno nacional. Disfrazado de indio de calzón blanco, muchas noches salía para ver a Pilli y a sus tres hijas.

En ese húmedo sótano lo alcanzó la epidemia de tifo que azótó a la capital a principios de 1861, y allí, escondido y perseguido, el cantor de la patria, entregó su alma a Dios el 11 de abril, a los 37 años, en brazos de su esposa y de su compadre, el abogado, poeta y sacerdote Andrés Davis Bradburn. Los periódicos de la capital, en breves líneas, hablaron de la muerte del “joven poeta que tanto prometía”. Ninguno mencionaba el himno nacional, porque estaba prohibido… Pero hay prohibiciones que el corazón de la Patria no acepta…

Pasadas las fobias partidistas, el himno se enseñoreó nuevamente de la vida nacional; y los restos del poeta, humildemente inhumanos en 1861 en el Panteón de San Fernando, fueron trasladados por iniciativa oficial al Panteón de Dolores en 1901; en septiembre de 1932, depositados por primera vez en la Rotonda de los Hombres Iluestres, y por fin, en 1942, colocados en su sitio definitivo, al lado de los del músico Jaime Nunó, quien comparte con él la gloria de la creación del himno nacional mexicano.

 Coro y estrofas originales
  Corro:el acero aprestad y el bridón,
y retiemble en sus centros la tierra,
al sonoro rugir del cañon.
 I. Ciña, ¡oh Patria!, tus sienes de oliva De la paz, el arcángel divino, que en el cielo tu eterno destino, por el dedo de Dios se escribió. Mas si osare un extraño enemigo profanar con su planta tu suelo, piensa, ¡oh Patria querida!, que el cielo un soldado en cada hijo te dio.
 II. En sangrientos combates los viste por tu amor palpitando sus senos, arrostrar la metralla serenos y la muerte o la gloria buscar. Si el recuerdo de antiguas hazañas, de tus hijos inflama la mente, los recuerdos del triunfo tu frente volverán, inmortales, a ornar.
 III. Como al golpe del rayo la encina, se derrumba hasta el hondo torrente, la discordia vencida, impotente, a los pies del arcángel, cayó. Ya no mas, de tus hijos la sangre, se derrama en contienda de hermanos; sólo encuentra el acero en sus manos quien tu nombre sagrado insultó.
 IV. Del guerrero inmortal de Zempoala te defiende la espada terrible, y sostiene su brazo invencible tu sagrado pendón tricolor. El será del feliz mexicano en la paz y en la guerra el caudillo porque él supo sus armas de brillo circundar en los campos de honor.
 V. ¡Guerra! ¡Guerra sin tregua al que intente, de la Patria, manchar los blasones!
¡Guerra, guerra1 Los patrios pendones en las olas de sangre empapad.
¡Guerra, guerra! En el monte, en el valle, los cañones horrísonos truenen y los ecos sonoros resuenen con las voces de ¡Unión! ¡Libertad!
 VI. Antes, Patria, que inermes tus hijos, bajo el yugo su cuello dobleguen, tus campiñas con sangre se rieguen, sobre sangre se estampe su pie. Y tus templos, palacios y torres se derrumben con hórrido estruendo, y sus ruinas existan diciendo: de mil héroes la Patria aquí fue.
 VII. Si a la lid contra hueste enemiga, nos convoca la trompa guerrera, de Iturbide la sacra bandera, mexicanos, valientes, seguid. Y a los fieles bridones les sirvan las vencidas enseñas de alfombra; los laureles del triunfo den sombra a la frente del bravo adalid.
 VIII. Vuelva altivo a los patrios hogares, el guerrero a cantar su victoria, ostentando las palmas de gloria que supiera en la lid conquistar. Tornaránse sus lauros sangrientos en guirnaldas de mirtos y rosas, que el amor de las hijas y esposas, también sabe a los bravos premiar.
 IX. Y el que al golpe de ardiente metralla de la Patria, en las aras sucumba, obtendrá, en recompensa, una tumba donde brille, de gloria, la luz. Y, de Iguala, la enseña querida a su espada sangrienta enlazada, de laurel inmortal, coronada, formará, de su fosa la cruz.
 X. ¡Patria! ¡Patria! Tus hijos te juran exhalar en tus aras su aliento, si el clarín, con su bélico acento, los convoca a lidiar con valor, ¡Para ti las guirnaldas de oliva! ¡Un recuerdo, para ellos, de gloria! ¡Un laurel, para ti, de victoria! ¡Un sepulcro, para ellos, de honor!zx

 Francisco de Paula González Bocanegra

 Esta composición escrita por convocatoria del gobierno, fue elegida entre las veintiséis que se presentaron y obtuvo la unanimidad de votos por aclamación de la Junta Calificadora, formada por los señores don José Bernardo Couto, don Manuel Carpio y don José Joaquín Pesado.
Esta es una copia fiel del original escrito por el poeta de la patria, que ofrecemos a ustedes como una cortesía de Claudio Lenk, tataranieto de don Francisco de P. González Bocanegra.