Jubilados y Pensionados
El ISSSTE, base de esperanza para los jubilados El ex empleado federal Gumersindo Flores Bravo relata, con trazos de su vida, cómo llegó y fue atendido en el José Ma. Morelos y Pavón
En estos instantes en que nuestro país vive una etapa de transición con la esperanza unánime de un mejoramiento real para la gran familia mexicana, me parece importante exponer algunos hechos, muy dignos de mencionarse por la esencia que ellos representan, pero antes de hacerlo permítame aportarle algunos antecedentes sobre su informador.
n niño más entre los miles de infantes de la provincia mexicana nacido el 17 de abril de 1922. De familia paupérrima y huérfano de madre, seguí de los 3 a los 14 años los pasos de mi padre, quien, como célula itinerante, buscaba el pan familiar de un pueblo a otro en Guerrero y Puebla (mi estado natal).
A los 14 años fui corrido de la casa por haberme vuelto un chico insoportable que merecía descifrar el apotegma de el pan ajeno hace al hijo bueno.
Fui recomendado a un tío que vivía en Puebla y que también estaba arrimadito con otro pariente en un gran edificio que ataño fue convento y que cuando llegué era el Centro Obrero. A los ocho días de estancia, mi tío, entonces policía auxiliar con esposa y cuatro niñas, amablemente me invitó a despabilarme: Bueno, hijo, vas a tener que entrarle a la chamba; vas a ir con una señora que tiene un carrito de aguas frescas, te va a dar desayuno, comida y cena; además, 10 centavos de sueldo...
¡Juega, tío, juega..!
Al día siguiente, después de desayunar, la patrona me entregó un carrito de madera, con ruedas del mismo material y tres ollonas con aguas frescas de naranja y papaya. Fue con muchísimos trabajos que movimos, entre un chamaco regordete y yo, el dichoso carrito, cuyas ruedas se abrían de afuera hacia adentro, negándose a rodar. Todo un viacrucis. Al gordo vendedor de churros de la patrona se le querían salir los ojos por el esfuerzo y yo, enteco, palidito, tembloroso, quizá me haya visto como espectro.
El gordo me avisó: Muévete y comienza a gritar, zonzo. A la una te traigo tu comida y a las 7 u 8 vengo a recogerte para que llevemos el carro.
De 8 a 8 son 12 horas de trabajo habría dicho hoy, pero en aquel tiempo ni mella me hizo el mensaje porque yo era un monumento de ignorancia.
Bueno, pues a darle ¡y con ganas! ¡Aguas frescas, a dos vasos por cinco..! Me estuve desgañitando todo el día hasta quedar afónico y, luego, vuelta al tormento de empujar el carrito. Fue hasta el tercer día que me di cuenta del porqué de las bajas ventas: el producto expendido era de mala calidad. A las aguas del día se mezclaban las del día anterior. Los clientes ocasionales sorbían el primer trago y desconcertados o enojados escupían el buche y se marchaban apresurados y profiriendo insultos. Algunos ya me habían pagado, pero otros no dejaban el cinco pero sí el vaso, lleno de líquido. ¿Qué hacía yo? Devolver el contenido a la olla correspondiente.
A las 4 de la tarde comenzaba el desfile de las familias pudientes que iban al cine. Yo comenzaba a temblar vistiendo mí camisita raída de mangas cortas haciéndome sentir como un can famélico.Y a las 8 de la noche vino el gordo por mí y a las 9 estábamos guardando el carrito. Me llamaron a cenar después de haber entregado la formidable cuenta de 35 centavos. Taciturno y cansado me dirigí a casa y por casualidad pude entrar porque uno de los maestros que vivían en el edificio iba llegando. Esto siguió día por día hasta completar una semana. Al inicio de la segunda semana encontré cerrado el portón del Centro Obrero, ya eran las diez y media de la noche. Instintivamente me regresé buscando el abrigo nocturno de los Portales de Puebla. Ahí, en el piso, ya estaban acomodados 15 o 20 adolescentes de la élite de los desharrapados. Cubiertos con montañas de periódicos recogidos al azar, Cuatro veces dormí en estos benditos portales temblando y gruñendo por el bárbaro frío, el cual hacía que hasta las costillas me dolieran.
En el Centro Obrero dormía en una celda monjil, pequeñita, pero mucho más confortable. En esa segunda semana perdí mí empleo. La patrona decidió que nuestra relación laboral no beneficiaba a ninguna de las dos partes y, ¡zas!, para afuera...
Pero a fines de mi primera semana de trabajo me había abordado un señor para invitarme a trabajar con él.
Después de probar mis aguas, me dijo: ¿querría usted trabajar conmigo? Yo tengo un carrito en perfectas condiciones, hasta con una sola mano podrá usted jalarlo y el producto, las aguas son del día, las que no se vendieron se tiran. Le voy a pagar 50 centavos diarios. Tendrá sus alimentos y casa donde dormir. Si se anima aquí le dejo mi dirección. Es por eso que al día siguiente de mi despido estaba tocando la puerta de la casa de don Luis, un hombre bueno y humilde. Vendía tortas frente a Catedral y las hacía tan sabrosas que ni una le quedaba.
Trabajé con él tres meses; sus aguas eran realmente exquisitas; las de piña, por ejemplo, eran una gloria. En cuanto a las ventas, nunca conté las monedas. Todo lo echaba al cajón y al llegar a casa la esposa de mi patrón las recogía a dos manos. Ah!, y el carrito, rodaba casi solo. Además la señora de don Luis llegaba a mediodía trayéndome mi comida, aún caliente, sopa, guisado y frijoles.
La señora me adoraba y me contaba que había tenido un hijo que ahora estaría más o menos de mi misma edad y lloraba. De vez en cuando iba a visitar a mis tíos en el Centro Obrero. Un día, mi tío el profesor Pedro Flores me hizo una visita y me preguntó si querría ir a estudiar a un internado. le respondí que sí, sin saber a fondo qué era un internado.
Bueno, me dijo, pues prepárate. Le vas a llevar una carta al director que es amigo mío, para que te reciba. Y... te portas bien. Cuando comuniqué a mis patrones mi futuro se desolaron porque ya existía un fuerte lazo afectivo. Ellos perdían un hijo y yo a unos padres adoptivos, pero ni modo.
Cuatro días después me fui al Interna do Indígena de Comaltepec, Zacapoaxtla, en Puebla. Fui recibido con los brazos abiertos; ahí pasé los mejores tres años de mi vida. Terminé mi instrucción primaría; luego fui recomendado en la Escuela Práctica de Agricultura de Champusco, Atlixco, donde después de dos años obtuve mi certificado de Práctico Agrícola. Y esa fue toda mi educación.
Al terminar la instrucción, alguien quiso experimentar con una colonia agrícola con estudiantes seleccionados de distintas escuelas del país, y ahí voy yo, ¡cómo no!
La idea era dar forma a la colonia en las márgenes del estero de San Nicolás, Espinalillo, Guerrero, bajo el mando de un ingeniero yucateco. Pero las cosas no salieron como lo pensaron y el grupo se fue disgregando en esos tres años de negativa estancia. Yo me quedé en el ejido El carrizal, Espinalillo, sembrando arroz y tratando de levantar, a orillas del mar, 52 plantas de coco cuyo cercado me ayudó a levantar la comunidad.
Hice un pozo profundo en la arena y encontré el agua que en las noches de luna sacaba con dos latas colgantes de un travesaño de madera sobre mis hombros. Diez, quince viajes y ya estaba cansado, desmoralizado. Mirando al infinito sin ver; caía como fardo sobre el suelo arenoso que me recibía con su vaho húmedo y me quedaba dormido hasta el amanecer. Durante el día, ayudaba en sus labores a la familia en turno que me acogía en su seno. ¿Planes para el futuro? Ninguno, ya me había adaptado a la vida de los nativos, a caminar descalzo, a cortar madera en los cenegales... Llegó un momento en que sentí miedo por mí. Se me estaba olvidando leer, cosa injusta porque mí progenitor me había enseñado las primeras letras a punta de varejonazos cuando yo apenas tenía tres años de edad.
Pero todo tiene su culminación: sin familia, sin alimentos adecuados, con trabajo físico exagerado, mi organismo tronó. Un día, luego de andar sacando postes para cercado, me atacó un fuerte dolor de estómago que me hizo caer revolcándome en el suelo. De ahí me levantaron y mí amigo Porfirio Irra me trajo hasta el caserío atravesado en su caballo.Fueron 20 días terribles. Una mañana pasó a verme don Danielito Camacho un señor como de 70 años quien me dijo: Mira, Gume, vete a México y busca la Casa del Agrarista, ahí te van a ayudar; toma estos 50 pesos y vete, criatura, porque si no lo haces aquí te vas a morir.
Al día siguiente me vine a México. Era diciembre y la ciudad parecía un congelador gigante. Y yo, con el rostro cetrino, los músculos enjutos y los huesos en relieve, debo haber parecido un personaje dantesco.
Así llegué a la Casa del Agrarista, ubicada en las calles de Sor Juana Inés de la Cruz. Y por no tener tarjeta de alojamiento debí esconderme junto con otro campesino veracruzano en un cuarto vacío con dos camas alambradas, sin colchón. A las 11 mi compañero comenzó a toser y a sacudirse en espasmos violentos. Por mi parte, el frío y los alambres desnudos de mi cama me provocaban hasta dolor en las costillas.
Al día siguiente el veracruzano me llevó a la CNC, en las calles de López, naturalmente, a pie. Nomás al mirarnos nos expidieron nuestras tarjetas de alojamiento.
Ese primer día y después de cenar subí a la planta alta, de donde provenía el agudo y dulce sonido de una mandolina. En un pasillo, sentados en rueda sobre el piso, un grupo de campesinos rodeaba al artista. Pedí el instrumento y les toqué las Cuatro milpas, El zopilote mojado, Flores negras, Jesusita en Chihuahua y algunas otras melodías populares. Se entusiasmaron y me aplaudieron. Interiormente me desgajaba de emoción; yo, una piltrafa humana sacudida por los vientos de la adversidad, recibiendo el estímulo de otros congéneres. ¿Ya tiene usted cama?, me preguntaron. No, contesté. Véngase con nosotros, hay una cama vacía. ¡Y qué cama... Situada junto a un ventanal que daba hacia un patio arbolado tenía su colchón y almohada; limpias sus cobijas y sabanas olorosas a jabón. Caí en ella como una piedra, pero tal comodidad me afectó. Esa noche deliré en fiebre y lanzaba gritos de locura y angustia.
Al día siguiente, después de desayunar, don Catarino, compañero de cuarto, se ofreció a llevarme al Instituto de Enfermedades Tropicales de donde él era distinguido paciente. Me hicieron las primeras exploraciones y análisis durante una semana y me encontraría un rosario de afecciones: anemia, paludismo, parasitosis, llevándole al Instituto unos siete meses reconstruirme.
Ya vuelto a la normalidad ayudé en la Casa del Agrarista en las labores de aseo. Y ello le agradó a don Guadalupe González (primo del Jefe del Departamento Agrario, don J. Jesús González Gallo), administrador del edificio, ordenando que se me diese equipo de trabajo así como una área de responsabilidad, prometiéndome además tomarme en cuenta para gestionarme una futura plaza, ¡imagínese!
Pero no todo fue tan fácil; luego de insistir sobre la promesa durante unos cuatro meses, sin obtener respuesta, reflexioné sobre mi situación personal. Y recordé aquel certificado de Práctico Agrícola.
¿Por qué no lo hago valer ante la Secretaría de Educación Pública?, me dije. Y después de cumplir mis labores de aseo en la casa del Agrarista me fui una mañana a pie a la SEP, en las calles de Argentina. Al funcionario que le tocó atenderme le caí simpático y después de veinte minutos de charla me extendió una tarjetita que debería yo presentar el lunes siguiente en la ventanilla, en donde serían tomados mis antecedentes para nombrarme maestro rural en Zacatecas.
Regresé a casa loco de contento. En el trayecto, todo me pareció hermoso: los árboles, los edificios, los parques, la gente... Pero no sería ese mi destino. Cuando penetraba a la Casa del Agrarista, alguien conocido me preguntó: ¿Pues dónde has estado? Toda la mañana te han andado buscando de la administración.
Me presenté ante el empleado correspondiente y éste me dijo: Que te vayas a López para que tomen tus datos y te den tu nombramiento, así como para que recojas un mes de sueldo Otro golpe emotivo ¡y en el mismo día!A la mañana siguiente, después de tomar mis generales, me indicaron que pasara a la caja para recoger un mes de sueldo, quedando desde ese instante atado a los destinos del Agrario. Mi primer sueldo fue de 150 pesotes. Los más lindos y valiosos que yo miraba. Dos años después fui promovido a la CNC, donde duré poco; de ahí pasé a las oficinas de Serapio Rendón. Para ese entonces ya había logrado entrar a la Escuela de Derecho Agrario del sindicato de la rama, durante las tardes, y en dos años obtuve mi certificado de Dictaminador Agrario.
Por cierto, me tocó vivir la zacapela dedicada a los partidarios del general Miguel Enríquez Guzmán, que hacían un mitin en la Avenida Juárez impugnando el triunfo electoral para la Presidencia de la República de Adolfo Ruiz Cortines.
De andar barriendo pisos, automáticamente me promovieron a la Rama Administrativa, tocándome ir a trabajar a las Oficinas Centrales, en la Consultoría Núm. 1, al mando del Lic. Norberto Gómez Solís, en donde reafirmé la teoría y la práctica de mis conocimientos. Para ese entonces llegaba vistiendo mi único trajecito azul con camisa limpia, corbata y zapatos aseados.
Mi labor comenzaba desde las 8 de la mañana hasta las 2 pm, de corrido, cotidianamente, lo cual comenzó a levantar en torno a mí un cierto ambiente admirativo a la vez que de rechazo. Un día una señorita me dijo: Ingeniero, ¿por qué trabaja tanto? (un guasón inventó que en el Agrario todas las mujeres eran señoritas y todos los hombres eran ingenieros, o licenciados). Modérese, ¿acaso cree que el Agrario se lo va a agradecer? Reflexioné sobre ello: efectivamente, a mediodía los varones se chispaban discretamente para irse a la cantina La Cotorra y ellas, las chicas, constantemente estaban en el baño o tomando café en sus escritorios, platicando, fumando o leyendo sus revistas de modas y chismes.
Tiempo después vinieron de la Oficina de Organización a invitarme para fundar las Procuradurías Agrarias con nombramiento de Ayudante de Procurador Agrario. Acepté inmediatamente.
Y empecé en Tabasco. Mi estancia en dicha entidad, por 18 años, fue exitosa. Primero como Ayudante de Procurador, fui después Procurador Agrario y hasta Secretario Municipal del H. Ayuntamiento Municipal de Cunduacán, previa autorización de mis superiores.
Aguascalientes, Estado de México. Chiapas y Tabasco fueron mí escenario de trabajo hasta alcanzar mi jubilación, después de 31 años de servicios.
Después de esta exposición de hechos relacionados con mi persona, licenciada Socorro Díaz Palacios, ¿aceptará la veracidad de lo que a continuación le contaré? 78 años de vida conceden una pequeña aura de experiencia pero también un índice de enfermedades que el cuerpo va acumulando; 40 años de hipertensión, 1 año y medio de diabetes; el corazón agrandado, impedido de comer carnes rojas, soy, resumiendo, un pequeño catálogo de padecimientos.
La presencia del ISSSTE es una base de esperanza para trabajadores activos y jubilados. Pues bien, después de centenares de visitas para atención de mi salud, entre las cuales recibí el beneficio de operación de hemorroides y operación de hernia, considero que le debo mucho al ISSSTE. Es por ello que, como agradecimiento personal, expreso estas líneas.
El 21 de julio a las 4 de la tarde me llevó mi hijo a la sección de Urgencias del Hospital Gral. José María Morelos y Pavón, aquejado de un fuerte dolor sobre el pecho, del lado del corazón, con el brazo izquierdo entumecido. Preguntas de la doctora que me atendió, respuestas, examen minucioso de mí anatomía, práctica de un electrocardiograma y por fin el diagnóstico favorable.
Pero 3 días después regreso a Urgencias no sólo con el dolor reverdecido sino también con una terrible incontinencia que me aterra, pues tan solo dar el primer paso hacia el baño ya estoy como llave abierta. Pues ni modo, vamos nuevamente a darle la lata al ISSSTE, nuestro paño de lágrimas. Su papá se queda, le dijeron a mi hijo. ¿Queeé..? En un dos por tres se elabora la documentación necesaria para mi admisión y a poquito, estoy bien encueradito en la cama Núm.8 de la sala de Urgencias del Hospital. Y la lucha se inicia de inmediato, poniéndome suero con algunos otros medicamentos. Estoy consciente.
Durante dos días el 24 y el 25 de julio pude observar la inmensa actividad que se desarrolla en esa sala por parte del personal médico y sus auxiliares. Las señoritas enfermeras, así como muchachas estudiantes de enfermería; estoy en una sala pequeña pero tan limpia y llena de personal, que me resulta penoso usar el cómodo y prefiero cruzar una oficina durante una sola vez como espantajo de chilar, luciendo sobre de mí una sábana y mi depósito de suero, hacia los sanitarios. De veras, licenciada, un ala cuyo piso reluciente de limpio se hace imposible manchar... Sin quererlo, estoy presenciando el desarrollo de una obra monumental de brillantes facetas cuya esencia alcanza fuertemente al corazón y sentimientos del espectador; pero una obra real, genuina, no una obra teatral prefabricada por actores y publicitada por las carteleras. Aquí, trabajando cada quien en su rango de actividad, se desempeñan maravillosamente como la más exacta maquinaria de un reloj suizo. Doctores jóvenes, dinámicos, con mirada alegre y chispeante atendiendo a sus enfermos; doctores maduros de mirada reflexiva forman equipo que ya de cama en cama van analizando las características de los padecimientos del enfermo en turno; se me figura que están llevando a cabo un acto litúrgico. Como si estuvieran oficiando una misa, tanta es la solemnidad con que actúan. De las enfermeras, ni se diga; la mayoría de estas trabajadores son jovencitas de caritas sonrientes que lucen como orquídeas de prístina belleza que van y vienen diligentes como abejitas, aportando elementos para su noble tarea de salvar la existencia de sus pacientes, porque la fórmula de la vida humana es así: Se nace, se crece se reproduce y se fenece.
Aquí, en este lugar, entre más débil y desprotegido es el enfermo mayor solicitud y atenciones se le proporcionan.
Por todo ello deseo hacer constar fehacientemente que todos cumplen su tarea con fervor, alegría y conciencia de trabajo. Aunque parezca reiterativo, hoy por hoy el personal médico del Hospital Gral. José Ma. Morelos y Pavón trabaja uniformemente como una máquina engrasada que da gusto observar. Y si resulta agradable contar a los amigos las peripecias de un largo viaje, así como sus partes placenteras, ahora imagínese, licenciada, qué alegría deberá usted sentir cuando un paciente, un derechohabiente, le expresa su personal visión sobre cómo están funcionando las cosas en este hospital y me imagino que en el resto de hospitales y clínicas del ISSSTE, todo lo cual deberá ser para usted un justo orgullo y una enorme satisfacción.
No cabe duda que por estos rumbos, licenciada, sopIan buenos vientos.