La Edad de la Información
Del ronquido y otros trastornos nocturnos
Mi tía Lorena era sonámbula. Primero le dio por hablar a trote moche, una perorata ininteligible y sonora que, con frecuencia, despertaba a todos los de casa. Mi tía, en su febril actividad inconsciente, decía algo en una jerga idiomática personal, como si estuviera arengando a un pelotón para entrar en combate. Nos asustó al principio; después fue cosa de risa y, al final, nadie le hacía el menor caso. Entonces ella cambió su oratoria nocturna por un ambulantaje silencioso a eso de las tres de la madrugada.
unca supe si el sonambulismo de tía Lorena fue hereditario. Me sospecho que algo tenía que ver con los monumentales ronquidos de toda la familia. Por la noche, a los naturales ruidos del campo, se agregaban los desacordes a distintos niveles y tonos de los moradores de casa, que, en conjunto, venían a integrar una especie de banda sinaloense, con acento mayor en la tuba, los bajos y los alientos.
Quien parecía llevar la batuta de este desconcierto en las sombras era Candelario, papá de Lorena. Su estilo de roncar era de tonalidades profundas, firme y prolongado, hasta concluir en un imperceptible silbadillo que se hundía en el suspenso. Al cabo de los años se le agotó el aire y un mal día Candelario no retornó del final del silbido.
Así murió. De roncar. Porque no le encontraron ningún otro padecimiento, suponiendo que el ronquido fuera enfermedad. ¡Vaya usted a saber! Para mí que se le acabó el aire del pulmón o bien se lo cortaron suponiendo, en un alarde de supuestos, que Adelina, su mujer, le haya colocado una almohada en la boca en una noche de insomnio sostenido por las sonoridades del marido.
En todo caso, Candelario ya estaba listo para morir de viejo y todos lo sabían. Así es que ni antes ni después del entierro hubo lo que podría llamarse una tregua en la fiesta familiar de los ronquidos.
Viéndolo bien no era fiesta, sino el dolor de los gemidos; porque para nadie en la familia ha sido placentero dormir. Yo sentía culebras que me envolvían apenas me metía a la cama. Eran negras, suaves y frías como metales pulidos. A veces eran tantas que podían envolverme y ahogarme; entonces daba de gritos hasta espantármelas. Las culebras desaparecieron cuando me acostumbré a su presencia, pero me quedó la mala costumbre de dormir con una luz encendida porque, de no ser así, me entran escalofríos y mi cuarto se llena de fantasmas.
En cambio mi tía Veva mezclaba un gruñido sereno con los sueños. Noche a noche soñaba. Mira, Toñito me dijo una mañana; anoche caminaba por el monte cuando descubrí un profundo precipicio. Me asomé y vi al fondo cuevas llenas de animales prehistóricos. Lo curioso es que yo tenía ganas de bajar, de conocer aquellos seres horripilantes. Entonces me puse a ensayar para descender volando; me alejé del precipicio como 100 metros y corrí hacia él. Pero cuál no sería mi sorpresa que, en lugar de bajar, subía y subía hasta perderme en las nubes, hasta desesperarme porque no miraba; era como ir hacia la nada.
Otro día me contó que había soñado con un árbol lleno de águilas y que una de ellas cayó para convertirse en una niña perseguida por su propia madre, que le daba de azotes.
En sus viajes nocturnos por los vericuetos de su mente, tía Veva enterró a todos y a ella misma. Hacía festines interminables; es decir, comía sin poder parar. En realidad ella era flaca y de poquísimo alimento. Yo creo que tía Veva es la soñadora más despierta que haya conocido; quiero decir que nunca dejó de soñar hasta que todos nos aburrimos de escuchar sus historias, que, de tantas, podrían sepultar a cualquiera.El delirio de los malos sueños
Cuenta mi papá que su hermano Rodolfo sí que estaba lucido. Se dormía de repente y en cualquier parte; pero así, de sopetón, de caer estando en pie, como fulminado por un rayo invisible. Recuerda mi papá que el tío Rodolfo se quedó dormido el mismísimo día de su boda. Clavó el pico después del arroz con mole y así duró como 30 minutos mientras la esposa bailaba con los invitados. Despertó tan campante como si nada hubiera ocurrido. Curiosamente tío Rodolfo no roncaba, pero todos mis primos vivieron el delirio de los malos sueños.
Quería contarle esto; para platicar, pues; porque a lo mejor, o a lo peor, nadie sabe, a usted le ocurre algo parecido. Y si no, para que se sepa lo del ronquido familiar, que ha sido nuestro estilo de enfrentar las sombras.