La anestesia de los sentidos y algo más


¿Usa usted sus cinco sentidos? ¿Ve lo que quiere? ¿Selecciona voces y sonidos? ¿Elige lo que le gusta comer y beber? ¿Tiene una colección de perfumes gratos deliberadamente formada? ¿Permite usted que lo(a) toquen y se da oportunidad de descubrir el mundo que lo rodea con su piel?

l gusto, la vista, el olfato, el oído y el tacto son nuestros grandes sensores, nuestros elementales canales de comunicación. Con ellos detectamos lo que nos rodea y, acto seguido, lo registramos en el cerebro. Sin los sentidos perdemos contacto con la realidad, como el ciego de nacimiento que no conoce el color o el sordo que ignora el canto de los pájaros, el sonido de la música y el de la voz humana.

Si bien nuestros sentidos son capacidades naturales muy útiles, hay infinidad de personas que los tienen anestesiados. No los usan, no sienten. El tacto puede ser el mejor ejemplo. Lo tenemos a lo ancho y largo de nuestro organismo, por dentro y por fuera: es el más extenso de nuestros cinco sentidos. Con el tacto sabemos si algo es duro, blando, frío, caliente y, en un nivel más elaborado, también con la piel transmitimos emociones como el odio o el cariño.

Pero observe lo que ocurre: desde que venimos al mundo nos prohíben tocar. Desde la cuna hasta la tumba nos repiten: no toques eso, no agarres aquello, no manosees, juegos de manos son de villanos, y así por el estilo. Todos, absolutamente todos, tenemos áreas de nuestro cuerpo que no se pueden tocar, prohibidas y punto.

Esta especie de invalidez táctil nos impide o dificulta gradualmente el intercambio de afectos y la relación amorosa satisfactoria en la familia y en la pareja. Precisamente la necesidad insatisfecha de emplear la piel ha sido una fuente de inspiración inagotable para los autores y los intérpretes de canciones populares. Si no podemos sentir con el tacto por lo menos le cantamos.

Y algo similar le pasa al sentido del gusto porque comemos de prisa, sin saborear y hasta reventar. Vemos sin mirar y oímos sin escuchar, como si sufriéramos de anestesia sensorial que nos convierte en sonámbulos diurnos.

Si recuerdo bien, en el libro Tus zonas erróneas, ampliamente conocido por los buscadores del desarrollo humano, se da una sugerencia que para algunos pudiera tener un ingrediente de brusquedad; el autor de la publicación señala que para lograr la armonía corporal y mental primero hay que ser buenos animales.

Con poco mirar nos podemos dar cuenta de que los animales están muy bien adaptados a su ambiente: las aves al bosque, los peces al mar, las águilas a las montañas, las fieras a las sabanas, los camellos a los desiertos. Cada cual vive bien en su medio y cada cual, en su especie, es digno ejemplar, de bonita estampa, hábil en el desempeño de sus funciones y quehaceres.

De entrada, nosotros también somos animales, pero nos cuesta aceptarlo o lo llevamos como un elemento denigrante. En consecuencia, se reprimen las características de la animalidad como algo malo y negativo. El resultado es desastroso porque el animal rechazado se convierte en cuerpo deforme, enfermo, debilucho, inexperto e inhábil.

Bien decía Aristóteles que el hombre y la mujer son animales racionales. A nosotros nos gusta más lo de racional y dejamos para después la atención a nuestros niveles animales. Quiero decir que ni somos buenos animales ni tampoco buenos racionales.

¿Por dónde empezar a corregir? Dicen los que saben que el ser humano llega al mundo espléndidamente armado para funcionar con toda armonía, nada más hay que dejar que exprese y desarrolle la carga de potencialidades que lo enriquecen. Para esto habría que modificar mucho de la educación represora que practicamos y crear ambientes humanos que faciliten a los niños, por ejemplo, tocar, oír, gustar, oler y elegir ellos, no nosotros, lo que el mundo exterior les ofrece. Habría que aceptar que tenemos instintos, impulsos y una estructura orgánica inigualable. Ser, pues, buenos animales.
Hoy es un buen día para empezar.